Reflexiones,  Vida cristiana,  Vocación

Volver a colocar la mirada en Cristo

Hoy un defecto de quienes vamos buscando hacer algo por Jesús es la tendencia de hacer mil cosas.

Todo con vista a la extensión del Reino de Cristo, pero muchas veces las hacemos para buscarnos a nosotros mismos.

Sí, efectivamente queremos buscar lo que desea Dios, pero se nos olvida por quién lo hacemos que es el mismo Dios.

En esta pequeña reflexión trataré un poco de este tema. La centralidad de Cristo en lo que hagamos.

Centrar significa volver la mirada a Cristo. Colocar nuevamente la mirada solo en él y motivarnos a seguir sin miedo. Solo confiando.

Centrarnos en Cristo quiere decir mirar el ejemplo de grandes santos que supieron entregar su vida por el Reino de Cristo, pero lo hicieron siempre con la mirada puesta en Él.

Meditando este aspecto en mi vida diaria, en oración con el Señor siento haber encontrado estas tres cosas que los llamo medios.

A mí me han ayudado mucho y se los comparto.

1. Saberse llamados por Jesús

Cuando fuimos llamados al sacerdocio, a la vida matrimonial o la vida como laico comprometido en la Iglesia, nos suele pasar como aquellos jóvenes enamorados.

Durante el noviazgo todo es color de rosas, pero cuando comienza la dificultad todos se acaba y es el otro el que no comprende en vez de tratar de comprender.

Así nos pasa también a nosotros. Comenzamos felices de hacer algo por Nuestro Señor.

Hemos dado la vida en el

PRESENTE

De la ordenación sacerdotal o el acepto del sacramento del matrimonio. Pero, al momento de la dificultad ponemos en duda el sí hecho con seguridad en la prosperidad.

Traicionamos y colocamos en tela de juicio la propia elección.

Poner nuevamente la mirada en Cristo

Es regresar a esos primeros días de enamoramiento.

Es regresar al fervor inicial, aunque no nos sintamos en la mejor manera. Es empeñarse con todo corazón a hacer las obras apostólicas o a vivir la vida matrimonial en Él y en nada más.

2. Él debe ser el ideal

Es intentar en la dificultad o en el cansancio sentarse delante del Sagrario y decir:

Señor, aquí estoy

No hay que decir nada, Él comprenderá muy bien todo. Jesús sabe lo que sentimos. Sabe que nos cansamos y que somos débiles.

Al final la solución en este primer paso es recordar.

Traer a la memoria lo que hemos vivido en los primeros años de seminario. Lo que hemos vivido en el noviazgo, recordar lo que sentimos cuando decidimos decir sí al Señor sin importar las consecuencias.

Un segundo aspecto es imitar el ejemplo de Jesús. Él como hombre también se cansó, lloró por la muerte de un amigo, se enojó con la durés de los fariseos y la gente de su pueblo.

Y hay muchos otros ejemplos en los evangelios que nos narran a Jesús preocupado o deseoso de un momento a solas con su Padre.

Es mirar a Cristo para actuar como él. Si tenemos que hacer algo, preguntémonos

“¿Cómo actuaría Cristo en este momento? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría?

En especial miremos a Cristo en el Getsemaní cuando dice:

“…que se haga tu voluntad y no la mía”.

o cuando dice

“Si yo para esto he venido voy acaso decir que no”.

Imitémoslo haciendo nuestras obras apostólicas o en la vida cristiana como era Jesús en el servicio de sus hermanos.

Imitémoslo en su oración, en su silencio, pero sobre todo en su cercanía con su Padre celestial

“Abba …”

Un tercer momento, pero no menos especial.

3. Miremos a María.

Que ella nos enseñe a combinar lo divino y lo humano. Divino porque al ser la llena de gracia en todo sirvió al Señor incluso a ver morir a su hijo.

Y aun sí recuerda incluso hasta el fin el sí que Dios el día del anuncio del ángel.

Humano porque como buena madre y ama de casa supo combinar la oración y las cosas de la casa como buscar agua, lavar, cocinar. Muchas veces no imaginamos a María así, pero así fue.

Ella fue virgen, madre y esposa.

Aprendamos de María a centrarnos y a mirar a Cristo. Quien más que ella nos puede llevar al Corazón de Cristo.

Ella Madre de los Apóstoles nos enseñe a ser apóstoles.

Dulce Madre tu eres siempre mi ilusión. Yo te amo con ternura y te doy mi corazón.

Vengo de una familia católica donde aprendí desde mi niñez a alimentarme con la palabra de Dios. Fue Jesús el que me dio a lo largo de mi vida la fuerza, la protección y la alegría de su Espíritu para que a su lado me preparara para ser suyo. Como religioso Legionario de Cristo, me encuentro muy contento con muchas ganas de seguir adelante confiando en Dios. Tengo una gran ilusión de convertirme, por gracia de Dios en discípulo y apóstol servidor.

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