Vida cristiana

¿Qué es crecer en la vida espiritual?

Claves de lectura para comprender el “desierto” en espiritualidad

¿Qué es el desierto en la vida espiritual? ¿Por qué se le prefiere para orar y retirarse y estar solo?

Más allá de la extensión geográfica y de las características físicas de un desierto, es allí donde se nos narran los grandes aspectos de la vida de un santo.

Es allí donde el pueblo de Dios recorrió y se purificó.

¿Qué tiene el desierto para que sea querido y buscado por aquellos que sienten una fuerte inclinación al silencio y a la vida espiritual?

Para el mundo judío y en especial para la vida espiritual, el desierto es el lugar donde el alma puede recobrar su propia identidad y su juventud de esposa.

Es en el desierto donde se recupera el brillo y el amor primero.

¿Cómo se comprende el desierto en la historia de la salvación y en la vida personal?

Esto se puede ver en toda la historia de la salvación.

Comenzando con el pueblo de Israel, con los profetas, con San Juan Evangelista, con Nuestro Señor Jesucristo, con los primeros padres del desierto… Todos buscaron un lugar silencioso y retirado para orar.

En la vida espiritual, como lo vemos relatado en el libro del Cantar de los cantares:

¿Quién llega del desierto?

Esta pregunta comienza con la representación de los tres aspectos del amor, que se nos muestran con preguntas existenciales.

El alma enamorada que quiere que Dios la guíe siente en sí las preguntas que siempre le marcarán toda su existencia:

¿Qué es? ¿Quién es? ¿Quién soy?

Es en el desierto donde podemos interrogarnos estas preguntas existenciales.

El alma está sola. Todo se presta a la escucha de la propia voz y la de quien le habla.

¿Cómo o quién llega del desierto?

Oseas, pone en boca del Señor estas palabras:

La conduciré al desierto y ahí le hablaré al corazón. (Os. 2,16)

La iniciativa siempre parte de Dios. Es él quien se acerca a nuestra alma.

La iniciativa parte de Dios, pero el ponerlo en obras depende de nosotros.

Es importante no confundirse pensando que solo en el desierto físico podemos adentrarnos y hacer una experiencia de un desierto espiritual.

No, también en nuestra realidad podemos hacer una experiencia de desierto.

Tenemos una interioridad donde nadie entra, solo Dios. Él sólo conoce los deseos del corazón y analiza las profundidades de toda experiencia humana.

En nuestro corazón está el desierto profundo de nuestras soledades.

Es en el corazón donde somos capaces de hablar sobre lo que somos sin tener miedo al que dirán.

El problema es:

¿Con quién lo hablamos?

No hay que esperar estar solos en un desierto físico, lo dice nuestro Señor:

Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en lo secreto, así tu Padre que ve lo secreto te escuchará”.

Hemos visto el lugar y la iniciativa. 

El lugar es donde nos encontremos con nosotros mismos; sin miedos, sin caretas… y nada que nos impida presentarnos cómo somos delante de Dios. 

El verdadero desierto, que el cristiano hace es aquel donde se es capaz de encontrarse consigo mismo y con el Señor a quien ama.

La iniciativa parte siempre de Dios. Es Él el que nos invita a entrar en el desierto para hablarnos al corazón.

Ahora veremos brevemente los peligros del desierto.

Cuando hacemos un retiro o una experiencia de desierto, nos advierten los grandes santos, hay que tener cuidado con los peligros.

  1. Uno de ellos somos nosotros mismos

El mayor peligro es que, en vez de hablar con Dios en un diálogo de búsqueda y de cercanía, nos cerramos y estamos hablando con nosotros mismos.

Ya no dejamos que Cristo nos hable, somos nosotros los que nos hablamos a nosotros.

Le damos vueltas a los propios problemas, siempre mirándonos el “ombligo” con la mirada en la tierra sin atrevernos a alzarla.

Es la imagen de un hombre que reza solo como si Dios es el pañuelo.

Quiere y necesita afecto para sentirse querido. Dios para él es solo el que escucha y le “debe” consolar.

Es difícil superarlo. Hagan la prueba.

Cierren los ojos e intenten no pensar en nada.

Nada. No se puede, porque están pensando que no piensan en nada.

Aquí la solución es dejar poco a poco que sea el Espíritu Santo el  vaya penetrando y tomando posesión de lo que pensamos. Es un trabajo arduo.

Solo hay que confiar.

2. Luego el segundo peligro es “el cacho” el demonio.

Claro que a él no le gusta que los cristianos busquen momentos de silencio. Busca matarlo.

Él que es necrófilo desde siempre no solo quiso matar al hijo de la mujer del Apocalipsis, sino que quiere eliminar todo lo que haga que nos acerquemos al Señor.

Sus tentaciones son sutiles y veraces.

Él nunca se presentará como algo malo. Siempre será bueno:

“Mira tienes que terminar esto” “oye mira es mejor que ante de orar vayas a comprar esto o lo otro”.

Él se presenta como la mejor opción. Hay veces en que él que fue creado puro desde la eternidad, suscite pensamientos impuros en el cristiano.

Tiene envidia del hombre y quiere alejarlo de la voluntad de Dios.

Voluntad que el negó con su “Non serviat” No serviré en el inicio de los tiempos.

 

 

3. Un tercer peligro es el mundo.

Este es un gran peligro.

Nosotros mismos o el demonio siempre van a hacernos distraer o tentarnos con herramientas que nos son conocidas. Pero estas una vez localizadas las podemos rechazar.

El mundo nos tentará con la novedad y la actualidad.

Hoy el mundo y la sociedad está formando y creando a un hombre del momento.

Lo importante no es el profundizar, sino el dinero y el tiempo para hacer dinero.

De Homo Sapiens ya somos Homo tegnologicus. O sea el hombre al que la tecnología hace todo por él. Ya no va a necesitar trabajar ni pensar, sino que será la tecnología que trabaje y piense por él.

No somos capaces de desarrollar un silencio interior para reflexionar, porque

“ya mañana tengo algo por hacer y ya pierdo mi tiempo si me desconecto de mi móvil”.

El hombre de hoy es una especie de “hombre descafeinado” que deja que los demás piensen por él.

De aquí se aprovechan todas las nuevas ideologías de hoy.

Aquellas que son pocas y sus argumentos son débiles tanto teológico, filosófica y científicamente.

Son algunos que saben pensar y lo hacen bien. Elaboran sofismas apelando a los sentimientos para aprobar leyes de “tolerancia” y de libertinaje.

Son el “nacismo” y el “fascismo” de hoy. Éstas prohibían y castigaban a quienes iban en contra de sus pensamientos.

Hoy las ideologías en bogas buscan meter en la cárcel a todo el que critique su pensamiento.

A esto se somete el cristiano que no piensa.

Un medio que quiero recalcar es perseverar:

Perseverar en lo que ya hemos comenzado.

Que lo que Dios ha comenzado en nosotros como obra buena termine en buen fin.

Perseverar es re-empezar todos los días. Incluso después de las caídas.

Volver a levantarnos y tomar las armas de la lucha. Perseverar es mirar la mirada al cielo sin olvidarnos de la tierra.

Es vivir en este mundo como extranjeros, consientes que nuestra verdadera Patria es el cielo.

No tengamos miedo a volver a empezar y perseverar en los caminos de Dios.

Por lo tanto, no tengamos miedo de dejarnos sorprender por el Señor en el desierto. Que sea él el que nos oriente y nos lleve de la mano al cielo. Amen.

 

Vengo de una familia católica donde aprendí desde mi niñez a alimentarme con la palabra de Dios. Fue Jesús el que me dio a lo largo de mi vida la fuerza, la protección y la alegría de su Espíritu para que a su lado me preparara para ser suyo. Como religioso Legionario de Cristo, me encuentro muy contento con muchas ganas de seguir adelante confiando en Dios. Tengo una gran ilusión de convertirme, por gracia de Dios en discípulo y apóstol servidor.

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