Mi primera impresión cuando me asignaron la nueva misión fue decir:

¿Qué? Yo para esto, no sé si podré.

Con el tiempo me he dado cuenta que mis superiores saben bien para qué estamos siendo formados. Comprendí efectivamente que al final mi misión en la vida no es hacer aquello para lo cual me siento preparado, sino para hacer lo que la obediencia me pide.

Ahora me encuentro en el Centro Vocacional de México. Es un seminario menor de la Legión de Cristo. En el que soy formador acompañando a los jóvenes en su vida ordinaria y en la compresión de lo Dios quiere de ellos.

¿Cómo han sido estos días aquí?

A decir verdad han sido llenos que vida. Mi misión consiste en acompañar a los jóvenes en su camino. Por ello, me exige estar con ellos todo el día. Ayudándolos en la formación humana, en su vida de oración, en su disciplina, en sus estudios, … Es decir, un formador que está cerca para referencia ellos y de sus familias.

Mi comunidad son 12 adolescentes a los cuales desde ya he aprendido a quererlos como Padre. De verdad, una de las gracias más grandes que he podido palpar es el ejercicio de la paternidad espiritual al máximo. Quizás alguno se haya podido imaginar que estar con ellos todos el día es cansado y aburrido, pero en realidad es sumamente enriquecedor.

Son jóvenes alegres y generosos que han decidido, acompañados de sus familias, pensar seriamente en una posible vocación sacerdotal en la Legión de Cristo.

Estar aquí me ha devuelto más el recuerdo de lo que soy y el para qué estoy llamado.

Han pasado ya dos meses y medio. No me arrepiento. Estoy completamente feliz y con ganas de seguir dando todo por Cristo y por las almas que ahora Dios me ha puesto en el camino.