«Et verbum caro factum est»

Reflexión de Navidad

Con estas palabras del prólogo de San Juan se nos introduce al misterio de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. La segunda persona de la Santísima Trinidad se hace carne en el seno virginal de María.

Hoy podemos meditar y hacer eco de las palabras del papa San Juan Pablo II[1]:

El texto paulino de la Carta a los Filipenses (Flp. 2, 6-8) nos introduce en el misterio de la “Kenosis” de Cristo. Para expresar este misterio, el Apóstol utiliza primero la palabra “se despojó”, y esta se refiere sobre todo a la realidad de la Encarnación: “la Palabra se hizo carne” (Jn. 1,11). Dios-Hijo asumió la naturaleza humana, se hizo verdadero hombre, permaneciendo Dios!

La verdad sobre Cristo-hombre debe considerarse siempre en relación a Dios-Hijo.

Así nuestro Señor en cumplimiento de las profecías, que había anunciado los profetas, sobre su llegada nos da el ejemplo de humildad y de cercanía con nosotros. La humildad, porque pudiendo haber elegido nacer en una familia poderosa y rica, elige prepararse un seno inmaculado y eligió la familia pobre y sencilla de Nazaret, pero llena de amor y de fe.

Precisamente esta referencia permanente la señala el texto de Pablo. “Se despojó de sí mismo” no significa en ningún modo que cesó de ser Dios: ¡Sería un absurdo! Por el contrario, significa, como se expresa de modo perspicaz el Apóstol, que “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”, sino que “siendo de condición divina” (´in forma Dei”) (como verdadero Dios-Hijo), Él asumió una naturaleza humana privada de gloria, sometida al sufrimiento y a la muerte, en la cual poder vivir la obediencia al Padre hasta el extremo sacrificio.

En navidad, como nos continúa diciendo el Papa San Juan Pablo II, con este “despojamiento de sí mismo”, que caracteriza profundamente la verdad sobre Cristo verdadero hombre, podemos decir que se restablece la verdad del hombre universal: se restablece y se “repara”.

Así, cuando leemos que el Hijo “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”, no podemos dejar de percibir en estas palabras una alusión a la originaria tentación a la que el hombre y la mujer cedieron “en el principio”: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gen. 3, 5).

Imagen de Fano de la Diócesis de Malaga.

Nosotros como hombres muchas veces hemos caído en la tentación para ser “igual a Dios”, aunque somos sólo una criatura.

Aquel que es Dios-Hijo, “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”, y al hacerse hombre se despojó de sí mismo, rehabilitándonos con esta opción a todos los hombres, por pobres y despojados que seamos en nuestra dignidad originaria.

 Esto es lo que nos enseña la cercanía de Dios que se lanza desde los cielos y se encarnó en el seno de María para redimirnos y devolvernos la imagen originaria que habíamos perdido. Nos enseña que nuestro Señor no es un Dios que crea y se desconecta del mundo. Él es el Dios que crea el mundo y lo gobierna con amor.



[1] Catequesis de SS Juan Pablo II. Febrero 17 de 1988.

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